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Los tiempos del proceso editorial:
¿por qué hacer las cosas bien cuando podemos hacerlas en el último momento?

Los tiempos del proceso editorial:
¿por qué hacer las cosas bien cuando podemos hacerlas en el último momento?

Desde la experiencia acumulada de casi 10 años como profesional de la corrección, redacción y revisión de textos para editoriales, nunca ha dejado de sorprenderme esa especie de axioma, escrito en ninguna parte pero asumido por todos, según el cual los trabajos de preimpresión deben hacerse muy rápido. Todos los que alguna vez han ejercido su actividad profesional en el campo editorial habrán experimentado esta sensación un tanto absurda de que todos los encargos eran para antes de ayer. Por lo tanto, hoy ya es tarde; y, por lo tanto, antes de haber comenzado siquiera el trabajo, una tiene ya la sensación de estar debiéndole tiempo al cliente o jefe.

Por favor, relajémonos. Solo un momento.

Los plazos de producción se han acortado considerablemente en casi todas las grandes empresas y en muchas de las pymes. Esto es una realidad. ¿Por qué? Bien, simplemente queremos más libros («Hagamos el mayor número posible de libros, puesto que eso implica mayores ventas»).

Si un crecimiento en la producción viniese acompañado de un incremento de los costes inversores y un aumento de plantillas o de la subcontratación de servicios, la cadena de producción seguiría siendo estable, fiable e, incluso, podría conservar los mismos parámetros de calidad. Esto es una obviedad que no necesita mayor aclaración. Pero algo que definitivamente no funciona en esta visión inmediata de la productividad (cantidades desmesuradas, oferta prevalente frente a la demanda) es la aparente incomprensión de los tiempos óptimos de producción de un libro. Corregir, traducir, maquetar y revisar cualquiera de estas tareas exige concentración, cuidado y escrupulosidad. Estas no son características de las labores de edición, sino su misma esencia. Exigir inmediatez en la tarea de «cuidar» un texto es desvirtuar ese trabajo.

La transformación sufrida en el sector editorial en los últimos años proviene de la transposición de unos valores que chocan con la idiosincrasia de la industria cultural, pero sobre todo, de una infausta conjunción de defectos en las capacidades de planificación y de autocrítica. «No me digas cómo debo llevar mi negocio» es una frase que muchos hemos oído alguna vez. Lo gracioso de esto es que ningún corrector pretende llevar el negocio de nadie. Solo queremos hacer nuestro trabajo en condiciones dignas y saludables.

Como profesional tengo muy claro que la reducción de costes a veces es posible y otras no. Y, en caso de realizarse, tiene una frontera clara: las condiciones laborales mínimas indispensables para que el editor/corrector produzca un libro de calidad. Si desde los ámbitos de la gestión editorial no se considera el gasto en preimpresión un coste absolutamente indispensable e insacrificable, entonces seguiremos teniendo malos libros.

Nadie que se dedique al libro, por amor a ese objeto y a lo que contiene y representa (es decir, nadie que cree objetos transmisores de cultura), puede considerar la calidad un valor de segunda categoría. Y no puede porque simplemente incurre en un sinsentido. Lo cual nos lleva a otra cuestión: ¿saben los empresarios editoriales realmente a qué se dedican? Pero esto daría para otro post y una amplia disertación sobre los másteres en dirección de empresas. Lo dejamos para otro momento.

Filóloga románica, posgrado en Desarrollo de Proyectos Editoriales. Editora y correctora. Ha desarrollado su labor en campos tan diversos como la lexicografía, los textos científicos y médicos, o la literatura de ficción. Es especialista en Literatura Española del Siglo de Oro, ámbito en el que también ha trabajado como editora. Se adapta a todo.

1 Comentario

  1. Lucho 2 años hace

    Pues parece que usted misma sabe la respuesta, pero le da la vuelta: Los “empresarios editoriales” no tienen una misión de creación de “objetos transmisores de cultura”. Hasta parece que descubre el agua tibia…

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