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Expresiones que me hacen cerrar un libro inmediatamente
(o «Esta es la explicación de por qué ninguna editorial te contesta»)

Expresiones que me hacen cerrar un libro inmediatamente
(o «Esta es la explicación de por qué ninguna editorial te contesta»)
La corrección, en ocasiones, es una labor durísima psicológicamente (no podría contabilizar las veces que he exclamado «¡¿en serio?!» corrigiendo algunos textos) y se presta mucho a la recopilación de anecdotarios. Yo nunca lo he hecho, en realidad. Me ha podido la pereza, o quizás la falta de interés en fijar por escrito cosas que me parecen dramáticas y dignas de ser olvidadas (nunca recordadas).

Recientemente, hablando con nuestros compañeros y queridísimos amigos de La Erratonera, nos hemos dado cuenta de que la capacidad de aceptar correcciones en los textos mal escritos (MAL escritos, insisto) es directamente proporcional a la altura moral del sujeto escritor. Esto es algo absolutamente incuestionable. Pondré un ejemplo. Hace muchos años, en otra lejana galaxia que no era esta, escribí una dura crítica sobre un libro publicado (y muy vendido) porque, entre otras cosas, tenía errores gramaticales graves. De una gravedad tal que deberían haber sido delito, con pena de cárcel en celdas de aislamiento separadas para la autora, el editor y el corrector. Dije, por ejemplo, que no se podían trastabillar los pies, fundamentalmente porque no se trastabilla nada, que para eso es intransitivo el verbo de marras. Y, por supuesto, la respuesta (obvia) no se hizo esperar: me acusaron de hacer una crítica personal. Era mi inquina la que había vuelto intransitivos los verbos. Pues claro. Y al que se descuide le quito la tilde de «solo». Avisados estáis. Que soy muy chunga.

La moraleja de todo esto es que ser corrector en un mundo en el que casi nadie piensa que comete errores es un auténtico rollo. En nuestra lucha diaria podemos atizar «gramaticazos» y «diccionariazos» al personal y, al menos, en ese aspecto normativo logramos muchas veces que a la gente se le caiga la cara de vergüenza. Que también pienso que si una persona ha decidido ponerse a escribir, podría tener la decencia de consultar toda esa normativa que está al alcance de todos, no solo de los profesionales de la lengua (dejando a un lado, por supuesto, el hecho de que un escritor ES un profesional de la lengua). Pero, en fin, a lo que iba: ¿qué ocurre con los errores de estilo? ¿Qué sucede con todos esos elementos que son gramaticalmente perfectos, ortográficamente impecables, pero atentan contra todas las normas de: la educación, el respeto, la paciencia, el talento, el arte y un largo etcétera? No tenemos manuales del buen gusto, señores; ni sanciones académicas contra la perogrullada, la repetición, el horterismo o la tontería. No podemos acudir a ninguna institución que ampare y fundamente nuestros dictámenes. No existe normativa al respecto.

Bien, no existe por una sencilla razón: el talento no se enseña ni se mide, y la profundidad de las personas tampoco. Durante mis años de desempeño profesional siempre me he encontrado con este problema. ¿Cómo decirle a un autor que, tras una limpieza exhaustiva de la gramática y la ortografía, su texto sigue sin valer para nada? Es complicado hacerle entender a cualquier persona que, aunque ningún manual lo sancione, las expresiones o las palabras que ha utilizado son absolutamente infumables. Muchos autores noveles se quejan de que nadie confía en ellos y de que es muy difícil que las editoriales acepten publicarles. Su amargura es perfectamente comprensible. Ahora bien, en este proceso mental no suele ocurrir nunca que la reflexión se oriente hacia la autocrítica; y en estos casos nadie llega a pensar que lo que ha escrito es una porquería. Tanto es así, que muchos deciden autopublicarse en alguna plataforma de Internet, o contratar servicios de publicación de pago. Todo con tal de ver su libro en el mundo.

Pues me gustaría contaros un secreto: lo que ocurre es que los editores están muy ocupados y cierran un libro ante la mínima excusa. Y vosotros les dais cientos de ellas.

Quisiera compartir con los amables lectores un listado de expresiones que me hacen rechinar los dientes, los huesecillos del oído interno y a veces hasta las meninges (que no sé si rechinan, pero podrían). Todos los ejemplos son verídicos; y no solo eso: son habituales. Lo que me gustaría hacer entender con esta somera recopilación es que la aparición de alguna de estas expresiones es una garantía absoluta de que el editor dejará de leer inmediatamente lo que tiene entre manos. El corrector, después de llevarse las manos a la cabeza, seguirá leyendo, porque le han pagado para que depure todo el texto de errores normativos. El corrector contratado por un particular para autopublicarse, por supuesto, ya que en las editoriales estos libros nunca llegan a ver la luz, y mucho menos pasan por un corrector.

Vayamos al lío. He aquí algunas de mis expresiones favoritas.

– «Me envolvieron sus mágicas palabras»: el verbo envolver, en general, y siempre que no se refiera a un objeto en papel de regalo o un bebé en una manta, me pone muy nerviosa. Esta expresión se emplea a menudo para hablar de atmósferas, palabras, visiones o sensaciones que el escritor no está por la labor de describir. Por otra parte, no suele corresponderse la magnitud del discurso con el peso semántico del verbo. Alguien llega a un bar, por ejemplo, y le presentan a una persona. «Hola, ¿qué tal estás? Encantado de conocerte». Y entonces al protagonista «lo envolvieron sus mágicas palabras». A ver, por favor. Una espera al menos cuatro conjuros de Harry Potter, un discurso de investidura presidencial o una disertación sobre neutrones para sentirse mínimamente envuelta en algo, ya no digamos si ese algo se ha catalogado como mágico. Si lo que quieres es decir que una persona causa fascinación sobre otra en un breve y primer encuentro, estás hablando de sensaciones y actitudes sutiles, misteriosas y muy interesantes que no tienen nada que ver con una frase de cortesía. Moléstate en averiguar cuáles son y en describirlas.

– «Dedos (manos, pies, miembros…) ateridos de frío»: aquí hay dos cuestiones. En primer lugar, aterirse significa «pasmarse de frío». Es una de esas definiciones graciosillas que tiene el DRAE. Es decir, no se puede estar aterido de otra cosa que no sea el frío. Así que ya, de entrada, mal. Pero, además, este tipo de expresión suele aparecer después de página y media con una descripción detalladísima del «frío invierno que caía sobre la ciudad y cubría de blanco los bancos del parque», en un despliegue de medios en el que solo faltaba un gráfico con las isobaras. Que hace frío. Sí. Me queda claro. Y, en este contexto, los protagonistas nunca tienen guantes o, a pesar de ellos, tienen los dedos ateridos de frío (¿he dicho ya que hace frío?). ¡Basta, por favor!

– «Notó cómo alcanzaba el séptimo cielo»: esta imposible frase era el único modo que una autora tenía para describir un orgasmo. Y en la novela había cinco. Me tuve que inventar cinco polvos (y me pagaron muy poco). Fue mi primer trabajo de corrección, allá por el año 0, pero he de decir que las descripciones sexuales no han mejorado mucho con el paso de los años. Y que esto es así lo certifica el prestigioso premio Bad Sex in Fiction Award de la Literary Review, que lleva otorgándose la friolera de 22 años a las peores descripciones de sexo en la literatura inglesa. El ganador de este año ha sido Ben Okri, por cierto.

En esto del sexo se alcanzan cotas de la máxima incredulidad. Parece que aquí nadie folla y que escribe de oído, porque con tal de no emplear el verbo «correrse», la gente ve cielos, mares, lunas y hasta unicornios. Las mujeres notan mareas y océanos y los hombres son más de explotar o estallar. Vamos, un show. Queridos amigos, relájense y disfruten. En el sexo funciona, y en la literatura también. Si no estáis cómodos en una situación explícitamente sexual, no intentéis describirla. No es obligatorio. Y muy importante: «notar cómo» aburre y es una expresión ortopédica. La relación sexual se convierte en una operación quirúrgica fría y muy poco sugerente. Usad otros verbos, o notad sustantivos, que también se prestan a ello (vaya que si se prestan).

– «Pepito estaba nervioso»: hay una diferencia entre contar una historia o explicársela a los lectores, y no hay que caer en este último error. Si se escribe «Pepito estaba nervioso», hay un narrador que ha visto a Pepito antes que nosotros, ha valorado su estado, lo ha juzgado y nos lo ha transmitido. Pero si escribimos «A Pepito le temblaban los dedos de las manos y no dejaba de mirar a derecha e izquierda», entonces el narrador desaparece y nos sumergimos en la historia. Y por supuesto, sabemos que Pepito estaba nervioso. Esto puede aplicarse también cuando Pepito tiene miedo, sueño, vergüenza, hastío y un largo etcétera. Hacer actuar a los personajes suele ser mucho más efectivo que hablar de ellos.

– «Un hombre, alto, fornido, de piel curtida por la intemperie y mirada penetrante»: ¿por dónde empezamos? Personalmente, la mirada penetrante es lo que más me molesta. ¿Alguien sabe cómo es una mirada penetrante? No tiene nadie ni puñetera idea. Me imagino que cuando lo escriben quieren decir «mirada de follar», pero no me queda claro. Esas miradas esconden tantas cosas… Tantos adjetivos olvidados, tantas sensaciones no descritas, tanto vocabulario ignorado… Odio las miradas penetrantes. Me ponen fatal de lo mío. Tanto penetrar, tanto penetrar…

Creo que es relativamente fácil extraer algunas conclusiones a partir de estos ejemplos. La fundamental es que para escribir se debe contar el mundo de manera personal y sincera. Repetir estereotipos y lugares comunes solo refleja pobreza léxica, mental y sensorial, y el lector siente que le están tomando el pelo con algo que ni siquiera el autor se ha tomado en serio. Pero, sobre todo, es imprescindible tener presente que escribir requiere esfuerzo. Las palabras deben escogerse (primer acto de voluntad) y revisarse. De otro modo, ¿qué distingue a la literatura de una lista de la compra?

Filóloga románica, posgrado en Desarrollo de Proyectos Editoriales. Editora y correctora. Ha desarrollado su labor en campos tan diversos como la lexicografía, los textos científicos y médicos, o la literatura de ficción. Es especialista en Literatura Española del Siglo de Oro, ámbito en el que también ha trabajado como editora. Se adapta a todo.

26 Comentarios

  1. José Juan Picos 3 años hace

    Después de haberte quedado tan a gusto, lo último que me parece es que te adaptes a todo. Un saludo.

  2. Hermann_Wolf 3 años hace

    Si es la niebla lo que envuelve, ¿también te tiemblan los dedos de las manos y no dejas de mirar a derecha e izquierda?

  3. Silvia Senz 3 años hace

    Algunas cosas me han hecho reír (los lugares comunes y latiguillos estilísticos, sobre todo), pero en otras discrepo. La lengua es en realidad mucho más necesariamente laxa y elástica de lo que nos creemos. Si se dice tanto “aterido de frío” es porque es necesario precisar que “aterido” tiene que ver con el frío. O sea, porque la mayor parte de las personas no tienen muy claro qué es “aterido”, si muerto de mierdo o de qué, y si se lo encuentran sin el “frío” detrás no saben de qué les hablan. La redundancia es muy a menudo necesaria para el común de los mortales. O sea, que los “subir arriba” y “bajar abajo” me parecen fetenes.
    Los verbos (como todo elemento de lo escrito que refleja la oralidad) también son laxos. Pasan de unipersonales a personales y flexivos (habían, hayn…) o de transitivos a intransitivos (y viceversa) como si nada, y la mayor parte de las veces no dejan de ser comprensibles por ello.
    La verdad, espero que alguna vez los correctores nos podamos relajar y dedicarnos a asuntos que realmente dificultan la comprensión y lectura de un texto. Yo voy más por ese camino siempre que el cliente me lo permite.

  4. Silvia Senz 3 años hace

    Me ha encantado comprobar que he escrito “mierdo”. 😀

  5. Moskys 2 años hace

    Me encanta. Difundo, comparto, enmarco y corro a revisar todo lo que he escrito en mi vida.

  6. DanyMaldOv 2 años hace

    Me encantó, reí y aprendí. <3 No está de más saber que hay en todo tipo de mentes.

  7. Jaime 2 años hace

    Yo coincido con Silvia en que la lengua tiene que ser laxa. Tengo un tío químico al que le pone enfermo la expresión “decantarse por”, porque según él, decantar es únicamente separar dos líquidos mediante el método de decantación. Manuel Seco data su primer uso en 1647 y la RAE lo admitió en 1992. Pues eso, que no hay que ser tan purista. Sin embargo, tampoco puedo con el aterido de frío y otras expresiones similares. Ha bajado tanto el nivel de conocimiento de nuestra propia lengua que parece que tenemos que hacer concesiones y rebajar nuestro vocabulario para que nos entiendan. Si no, dentro de unos años tendremos que decir “asustado de miedo”, “aburrido de tedio” o “cansado de cansancio”. Bueno, no, tedio no podremos decirlo porque no se entenderá.

  8. Jaime 2 años hace

    Muy buen artículo. Yo no puedo con la expresión “su rostro se ensombreció”. ¿Cómo hace alguien para que se le ensombrezca el rostro? ¿Y qué le pasa exactamente?

  9. Mar Fernanda Montiel 2 años hace

    El artículo es maravilloso.
    Les respondo a quienes han comentado.
    Me parece una barbaridad decir que hay que escribir mal para que todos puedan entender. Dios, no puedo creer que alguien proponga eso. Como dice Alejandro Dolina, entre el lector y el autor debe haber una cercanía, porque si lo escrito, al lector le resulta demasiado complejo, sobreviene una falta de interés parecida al aburrimiento, y si por el contrario, la lectura le resulta demasiado simple, pues sobreviene el desdén.
    Y uno tiene que buscar lectores para sus libros, no buscar libros para sus lectores, como decía Benavente.
    No hay que buscar ser mediocre para que los mediocres nos lean, no es noble. Hay que buscar la complejidad, para hacer de este mundo un lugar más bello. Saludos.

  10. Mar Fernanda Montiel 2 años hace

    El corrector del celular no me permite escribir “mediocres”, así en plural. En una de las oportunidades lo corregí y en la otra no.

  11. Muy interesante el artículo. Comprendo, entiendo y defiendo la tarea del corrector. Es una figura muy necesaria (si puedes pagártela, por ejemplo). Sin embargo, aún temiendo caer en simplicidades diré dos cosas:

    — «Me envolvieron sus mágicas palabras». Una cosa es ser totalmente literal y otra no reconocer una metáfora tan clara. La frase no me gusta como suena, cierto. Sin embargo, sin saber el contexto, me atrevo a decir que ahí está diciendo al lector que sus palabras eran muy encantadoras y se sintió tan absorbido o absorbida por ellas que era como si la, o le, envolvieran. Ya está. Es harto sabido que la metáfora es un recurso estilístico muy utilizado. Tanto en prosa como en verso.

    Una vez, para hacer un anuncio de un libro para un autoeditor (esa figura que en España tanto se empeñan en considerar, poco menos, que un escritor inútil que no ha logrado una editorial cuando la realidad suele ser más bien política o de otra índole que, no siempre, tiene que ver con el talento del autor o la grandiosidad de su obra. No me pidáis ejemplos, por favor), me encontré con un texto lleno de palabras casi sacadas del castellano antiguo, sin serlo, metáfora tras metáfora y un sin fin de palabras cultas que, más que enfatizar el texto, lo volvían incomprensible. Lento y pesado de seguir: Tedioso, en suma. (Sí, me repito. Hago énfasis, nada más).

    —Un texto sencillo no tiene porqué hacer que al lector le sobrevenga el desdén. Una buena historia no tiene, ni creo que sea obligatorio, que te haga coger el diccionario en cada párrafo. Estoy muy de acuerdo con esa afirmación de Benavente.

    Sobre el tema del sexo: Ahí estoy de acuerdo. Puedes usar metáforas o ser muy explícito. Todo depende de público objetivo, creo yo. Por otro lado, el texto no tiene porqué ser un película porno en negro sobre blanco. Jugar con la imaginación del lector también puede hacer su lectura divertida. Incluso excitante.

    Pondré, como ejemplo, un pasaje de mi última novela, si me lo permitís:
    (Y sí, seguro que está lleno de errores y de cosas que a más de uno le ponga los pelos de punta).

    «Sintió que había alguien más con él. Al volverse vio a su esposa, junto a él en la bañera. Iba a
    preguntarle que hacía allí, pero ella le puso un dedo en los labios
    y le besó. Ulloa se dejó arrastrar por ese beso y su mente se sumió
    en el silencio. Sólo existía ese beso, el roce de la piel de su esposa
    junto a la suya y el agua arrollando por sus cuerpos.
    Pronto el agua pareció más fría de lo que realmente estaba.»

    Y ya, ahí cambio de escena. no necesito mostrar mucho más. Creo que queda perfectamente claro lo que pasa en esa bañera. Uso esa última frase con el agua como metáfora. Soy consciente, admeás, que una mente no emite sonido alguno, pero como en párrafos anteriores el personaje está sumido en sus pensamientos, uso la frase ahí para explicar que deja de pensar al ser besado. Vamos, no creo que haya cometido delito alguno. Ni mucho menos, trate al lector de idiota.

    Como veis, me pongo a mí mismo de ejemplo. Y lo hago, porque me siento muy orgulloso del trabajo que he hecho, aun siendo consciente de que tendrá errores. Bueno, son míos. Soy humano.

    Un saludo.

  12. Autor
    Laura Zorrilla 2 años hace

    Muchas gracias a todos por dejar vuestro comentario y fomentar el debate, que nos encanta. A partir de algunas opiniones que he leído, me gustaría incidir en una idea: las metáforas, al igual que las imágenes, metonimias y cualquier otro tipo de recurso, son maravillosas. El problema es cuando se convierten en un cliché. Es lo que critico, o al menos lo que he intentado transmitir.
    Respecto a la «laxitud» de la lengua, puedo asegurar a los amables lectores de este blog que tengo una manga ancha que va creciendo con el tiempo de manera vertiginosa y exponencial, al ritmo de las barbaridades que voy encontrándome en el camino. Pero distingo siempre entre tres realidades: lengua hablada, literatura y literatura de calidad. «Subir arriba» y «bajar abajo», como comentaba la compañera Silvia, es algo que yo misma digo todos los días. Pero jamás lo escribiría. Ni puedo permitir, como profesional, que un autor se engañe pensando que escribiendo de esa manera será tomado en serio por un editor.
    Por último, veo que la cuestión sexual, como siempre, ha levantado el mayor interés. Me explicaré mejor, ya que quizás no he transmitido adecuadamente la idea que pretendía. No reivindico la obligatoriedad de ser soez en la escritura de escenas sexuales. Yo, personalmente, soy muy partidaria de lo soez, en la vida y en la literatura, pero es una opción personal. Cuestión de estilos. He leído magníficas descripciones sexuales sumamente pacatas y que dejaban todo a la imaginación. Elegantes, soberbias, sin mostrar ni un centímetro de la anatomía de nadie. Un ejemplo a vuela pluma podría ser la excelente frase que conforma la única escena sexual de la novela El pozo de la soledad (de Radclyffe Hall): «Y esa noche no estuvieron divididas», que les costó dos juicios a sendas editoriales por su publicación. No, no se trata de una oposición entre sutileza y pornografía. Se trata de una lacra que yo denomino «ortopedismo». ¿De verdad a alguien le suben y le bajan mareas? ¿A alguien le aporta algo «noté cómo su lengua recorría mi cuello»? ¿Puede haber algo más predecible y menos original? ¿Y por qué esta obsesión por «notar cómo»? A veces se construyen frases tremendamente ridículas por una cuestión muy sencilla: falta de léxico, falta de recursos, incapacidad de usar sustantivos (por pudor o por desconocimiento). Y también he de decir una cosa muy importante: llamar a una polla polla, o a cualquier otra parte del cuerpo humano por su nombre, no convierte un texto en pornográfico. La pornografía es otra cosa. Bueno, o eso me parece a mí.

  13. Autor
    Laura Zorrilla 2 años hace

    Por cierto, Jaime, estaba pensando en sacar una segunda parte de este artículo, y «su rostro se ensombreció» creo que será la frase de apertura. Gracias por recordármela (yo también la odio).

  14. maria 2 años hace

    Excelente!!!

  15. José Lobo 2 años hace

    Tu texto, por ejemplo, me provocó flojera. Y decidí comentarlo aquí. Mamón.

  16. Paz 2 años hace

    Meninges chirriantes sería una de esas enfermedades que llaman “incompatibles con la vida” (que es una perífrasis digna de ser examinada), o el nombre de una banda “punk”. Para que uno oyera chirriar sus propias meninges, el sonido debería ser tal que pudiera ser escuchado desde fuera del cráneo y captado por sus propios oídos. Ninguno “podemos oír lo que pasa dentro de nuestra cabeza”

  17. Ale 2 años hace

    Un artículo sensacional y bien enriquecido por los comentarios. Yo, como ejemplo de frase horrenda, pongo esta (es un enlace a una foto de un escritor ganador de un premio):

    http://cdn3.computerhoy.com/sites/computerhoy.com/files/editores/user-11130/concurso_literario_indie_amazon_3.jpg

  18. Alberto Pasamontes 2 años hace

    Excelente artículo.
    Me he reído, y además he reconocido mecanismos y técnicas que se aprenden con el paso del tiempo o, mejor aún, en algún taller de escritura, que los hay buenos y yo recomiendo a todos aquellos que estén empezando.
    Añadiría a esas expresiones la famosa y archiempleada “mariposas en el estómago” y, a poca distancia, “un escalofrío recorrió su espalda”. Que sí, que todos las entendemos y son muy gráficas, y debo reconocer que yo mismo he usado la segunda en mis comienzos en esto de juntar letras, pero cuando ya las has visto cientos de veces pierden toda su gracia y lo único que denotan es falta de originalidad e imaginación.
    En cuanto al debate abierto con ” aterido”, creo que está fuera de toda duda la necesidad de escribir con corrección. No se trata de ponernos pomposos y alumbrar textos incomprensibles. Es más, siempre es mejor un texto que parezca sencillo (insisto, que solo lo parezca, aunque lleve un gran trabajo detrás para obtener ese resultado) que uno en el que tengas que volver atrás una y otra vez para enterarte de lo que has leído, pero de ahí a dar al lector el texto desmenuzado incluso con incorrecciones del tipo que se comenta, como si fuese medio lerdo (y esto el lector lo va a notar y no le va a gustar), hay un abismo.
    Un saludo.

  19. Marian 2 años hace

    Pues si te lees “Trajano de Hispania a Roma” de Cristina Teruel, editorial Edhasa (2014), te caes de espaldas. Yo no soy filóloga ni tengo conociemientos técnicos de cómo se edita un libro, pero entiendo que el manuscrito que entrega el escritor lo repasa un corrector de estilo antes de su edición. Pues en este libro, ni el escritor repasó sus abundantes faltas gramaticales y de estilo, ni el corrector, ni el que estaba preparando la impresión. Quizá porque tiene 894 páginas. Lo dejé a medias debido a esta causa. Nunca me había pasado. Yo no soy tan fina, y mirada penetrante no me hace dejarme un libro. Pero sí las comas mal puestas, incorcondancias de género, falta o exceso de preposiciones, por citar algunso ejemplos.

  20. N Sanchez 2 años hace

    Hola, me ha encantado esta publicación y te doy totalmente la razón Laura. Yo soy escritora aficionada y suelo describir lo justo en mis escritos porque lo considero una de mis carencias.
    En cuanto a lo que dices respecto a la aceptación de las críticas, conozco a muchos escritores que están comenzando como yo y no soportan que les comenten sus errores. Yo creo que todo sirve para aprender. A mí me avisaron de un error que repetía con frecuencia y lo agradecí enormemente pues lo que quiero es mejorar mis textos todo lo que pueda. A colación de esto, tengo una pregunta. ¿Qué ocurre cuando tu idea es buena (incluso tienes personas que lo certifican así) pero sabes que sigues teniendo carencias? ¿Cómo puedes pulir tu texto para que llegue a ser algo digno de publicación? Entiendo que un libro bien escrito sin una buena trama no sirve, al igual que un libro con una gran historia mal escrito, tampoco. Gracias.

  21. Angel Tetilla 2 años hace

    Me gustó el espacio. Enseña con nivel (a propósito, debe entenderse que me refiero a altura)

  22. Carmen S. 2 años hace

    Pues, sinceramente, algunas partes de este artículo me han parecido absurdas. Y creo también que su autora, con lo “fina” que ha demostrado ser con sus gustos, no hace más que echar por tierra buenos libros solo porque estos tienen frases que no le suenan bien (todo un ejemplo de lo que es ponerse a buscar las tres patas al gato con bastante mala leche).
    Qué cosas. Le molesta un “aterido de frío” o una “mirada penetrante”, pero no le desagradan palabras como “pollas” u otras expresiones soeces en textos supuestamente cultos. Colamos el mosquito para tragarnos el camello.
    Y sí, a mí también me irritan los clichés. Pero no se confunda, señora. No todos los lectores son licenciados en filología, especialistas en Literatura Española del Siglo de Oro, o catedráticos de lengua de alguna fabulosa universidad. No hacen análisis de texto de cada oración que leen, ni buscan su sujeto y predicado. No estamos hablando de errores graves de estilo o gramaticales, o faltas ortográficas que hacen llorar, ojo. Eso es imperdonable en un escritor. Pero si fuera verdad que por estas “meteduras de pata” que usted menciona, las editoriales no aceptan los manuscritos o no contestan a propuestas, entonces explíqueme qué demonios hace Cincuenta sombras de Grey siendo editado por uno de los peces gordos del panorama editorial. Ese texto sí que es un insulto a la inteligencia de cualquier persona con un nivel mínimo de conocimiento de la lengua española.
    En fin… que, según personas como usted, quien no tiene el nivel de Vargas Llosa no puede publicar (eso si a él mismo no se le ha escapado una “mirada ensombrecida”, claro. Por Dios, qué sacrilegio. A la hoguera con el hereje). Pues enhorabuena.
    Por cierto, me encanta la palabra “tiquismiquis”. Pienso que es perfecta para definir la parrafada que acabo de leer.
    Saludos y suerte.

  23. Autor
    Laura Zorrilla 2 años hace

    50 sombras de Grey es un texto escrito originalmente en inglés, de contenido esencialmente flojo, y traducido a la altura de las circunstancias para su comercialización en el mercado de habla española porque en el anglosajón había reventado todos los récords de ventas. Ese es el criterio que utilizan las editoriales para «arriesgarse» a publicar una obra. Dudo mucho que se lo haya leído ningún editor español antes que el propio traductor. No está mal traducido, ni es un insulto para la lengua española. Si acaso, supongo que por motivos de sobra conocidos, le parece reprobable ideológicamente. Pero eso es otro tema. Y bien distinto. Sobre los criterios de publicación de las editoriales puedo hablar en otro post, porque son muy interesantes.
    De todas formas, que algunas editoriales publiquen textos malos alguna vez (por motivos comerciales, de nepotismo o de lo que sea) no implica que todos esos textos horrorosos que cientos de seres humanos escriben en sus casas vayan a encontrar un hueco en las editoriales. Estas reciben tal cantidad de manuscritos diariamente, que no se lo podría imaginar. La competencia es feroz, la sobresaturación que tienen los editores y lectores es de locura. Y créame: se tardan 3 minutos en desechar un manuscrito. Por ello me pareció útil dar este toque de atención a cualquier persona a la que pudiese interesarle, porque mi experiencia laboral me dice una cosa muy clara: que muchísimas personas están muy engañadas acerca del funcionamiento de las editoriales. Y otro porcentaje elevado también lo está en cuanto a su talento.
    Supongo que con «personas como yo» se refiere a profesionales que llevan más de 10 años trabajando y leyendo para diferentes medios editoriales, así como atiborrándose de obras de particulares que también necesitan unos arreglitos. Soy muy tiquismiquis, porque ese es el requisito indispensable de todo corrector. Me pagan para ser tiquismiquis y me han pagado para tirar a la basura decenas de manuscritos por estos motivos. Hablo con pleno conocimiento de causa y le recuerdo que esto no es un blog personal, sino el blog corporativo de una empresa.
    «No todos los escritores hacen un análisis de cada frase que leen». Ese es precisamente el problema. Los escritores no deben tener un título universitario ni tener el nivel de Vargas Llosa (que no sé qué nivel será ese). Lo que deben hacer es tener un cuidado extremo con la lengua, conocerla bien (porque es su herramienta de trabajo) y tratar de ofrecer calidad. De su discurso deduzco que no se debe buscar la excelencia en lo que se escribe. Es muy loable y defendible; pero entonces no pretendan que les publiquen.
    Por último, por más vueltas que le doy no entiendo por qué debería molestarme la palabra «polla». Tampoco entiendo qué buenos libros he echado por tierra. ¿El suyo tal vez?

  24. Carmen S. 2 años hace

    «No todos los escritores hacen un análisis de cada frase que leen».
    Escrito por usted, supuestamente haciendo referencia a mi comentario anterior. Y la verdad es que, por más que busco, NO he encontrado en él semejante afirmación. Hablo de LECTORES y no de escritores. Para ser una correctora que se irrita con nimiedades, presta muy poca atención a los textos.
    Segundo, no intente venderme la moto dándome “motivos” por los que se haya podido publicar o no 50 sombras y las copias baratas que le siguieron después. Las editoriales, en su inmensa mayoría, no se mueven por la calidad, sino por EL DINERO. Ustedes son UN NEGOCIO. Nada más. No pretendan ser baluartes de la literatura de alta calidad, porque no cuela. Publican lo que vende. Y punto.
    Sí, supone usted demasiado por decir que me disgusta la trilogía antes mencionada por motivos ideológicos. No hablo de la trama, sino del estilo narrativo. Es pésimo. Ordinario. Incongruente. Absurdo. Y somos millones de personas las que lo pensamos (entre ellas, periodistas de renombre que publican sus opiniones en periódicos de tirada nacional).
    Y no, no le digo que tenga que molestarle la palabra “polla”. Lo único que trato de explicar es que no comprendo cómo para usted un “su rostro se ensombreció” resta calidad a un texto, y un “le metió la polla y se corrió” (teniendo en cuenta los vulgarismos que utiliza), no. Por cierto, la frase soez que he usado para ilustrar mi explicación, ¿busca la excelencia en el lenguaje? Cualquier persona sin un mínimo de cultura puede expresarse así sin problema. Ahí lo dejo.
    Por cierto, no creo que ninguno de mis manuscritos haya caído en sus manos, y teniendo en cuenta sus gustos tan peculiares a la hora de juzgar los textos, estoy agradecida de que así haya sido. No sufra por mí, hace varios años que publico en distintos países con una de las editoriales más grandes del panorama español. Y antes de publicar, correctores y editores tan profesionales como usted han dado el visto bueno a mis trabajos en sus informes de lectura. Así que eso de que mi aportación le hace deducir que me importa poco la calidad y la excelencia, sobra. Se nota a la legua que pretende hacer un comentario hiriente porque le ha molestado que no le dé la razón como hacen otros.
    Saludos y suerte.

  25. Autor
    Laura Zorrilla 2 años hace

    Señora Carmen, gracias por sus sabias aportaciones.

  26. Bona 2 años hace

    Hace poco he dejado sin terminar un par de novelas románticas españolas por causa de algunas cosas como las que se mencionan en este artículo. Por eso me animo a comentar. Mi principal obsesión son los adjetivos trillados (incendios pavorosos, aguas cristalinas, ese tipo de expresiones) y, por supuesto, la ortografía más elemental. De estas dos obras, ambas publicadas por una editorial, no auto-editadas, me encontré, en una de ellas, frases como la siguiente: “el brillo emocionado de sus ojos y la sonrisa amplia, sincera y deslumbrante que adornaba sus carnosos y tentadores labios”; en la otra, faltas de ortografia del tipo “mi vida echa en otro lugar”.
    Siendo novela romántica no espero un estilo literario, sólo que me atrape y que esté escrito de una manera digna: corrección ortográfica y que cada palabra o frase esté ahí por algo. Para eso es esencial un editor.
    Nunca entenderé por qué, en EE. UU. todas las autoras de romántica tienen su editor, desde las consagradas hasta el Harlequín más sencillo (se ve cuando otorgan premios, que siempre mencionan al editor junto al escritor). Aquí, en cambio, parece que no se recurre a ellos, ni se aceptan las críticas.
    Es la única explicación que se me ocurre para que en los libros “de género” (es decir, sin aspiraciones literarias) a la española se ignoren cuestiones elementales como el “show, don’t tell”, un ejemplo lo has puesto tú misma, al decir que fulanito estaba nervioso en lugar de mostrar signos externos de ese nerviosismo.
    Espero que sigáis escribiendo artículos de este tipo.

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